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lunes, 25 de abril de 2016

Cabezas parlantes en una habitación blanca



Hace un tiempo me encontré con este problema en una novela que compré y leí con mucho entusiasmo, pero que me defraudó de muchas maneras. No sabía cómo definirlo: uno o más personajes tienen diálogo, pero el lector no tiene manera de saber dónde ni cuándo ocurre la acción, o cómo es el lugar en el que se encuentran, cómo reaccionan, nada. Solo diálogo.

Es una situación desconcertante, porque el lector necesita al menos una señal de dónde y cuándo ocurren las cosas; un poco de contexto es necesario, sino obligatorio. En caso de no haber contexto de tiempo y espacio, la sensación que queda es la de estar leyendo a cabezas parlantes en una habitación blanca.

¿Pero cómo dejar en claro dónde y cuándo ocurren los diálogos?

Lo normal es que las escenas tengan una pequeña introducción, desarrollo y conclusión, desde el punto de vista del protagonista, mostrando el dónde y el cuándo. No es necesario hacerlo muy explícito, es necesaria una buena cuota de estilo literario.

Doy dos ejemplos:

MAL:
Ben se levantó del sillón.
—Me tengo que ir —dijo Ben.
—Pues que te vaya bien —dijo Leticia y se marchó a su habitación.
Ben salió dando un portazo, enojado.

BIEN: 
  Ben se levantó del sillón, esa mole de cuero anticuada que habría sido el deleite de sus abuelos. Esta era probablemente la última vez que oyera la carcasa de pino reclamando por su sobrepeso.
  —Me tengo que ir —dijo Ben echando un vistazo al comedor apenas iluminado por una lámpara de pie junto a la mesa vacía y aterrizando en Leticia, parada junto a la chimenea apagada y mirando inexpresiva el vino en su copa. Ben pensó que se veía aún hermosa, aunque ella debía pensar distinto de sí misma. No quería ni imaginar lo que pensaba de él y su problema alimentario.
  —Pues que te vaya bien —dijo Leticia y salió de la sala sin mirarlo. Ben la oyó subiendo las escaleras y cerrando la puerta del baño con pestillo.
  Ben se mordió la lengua para no gritar todo lo que sentía. No quería pelear más en una guerra que ya estaba perdida. Salió de la casa dando un portazo, arrepentido de inmediato porque dejó la caja con rollos de canela en el refrigerador.
En el primer ejemplo, solo hay acción y diálogo. Ocurren cosas, pero sin profundidad, sin contexto, sin desarrollo, sin propósito. Una historia completa escrita en ese formato minimalista podría tener aceptación de la crítica literaria, tal vez, pero no todos tenemos gusto por el café descafeinado.

En cambio el segundo ejemplo es la misma historia, pero rebosando de contexto y detalle. El lector entiende lo que ocurre, dónde, y la noción del cuándo está presente aunque no de manera explícita. Ese es mi estilo personal, no puedo pedir que todos escriban como yo, pero sirve como ejemplo.

En el primer ejemplo, sin más información que la que disponemos, no es posible saber dónde ni cuándo ocurren los diálogos. En cambio en el segundo sabemos mucho más y con pequeños detalles (sillón, lámpara, chimenea) nos hacemos la idea de un contexto más claro. 

Al final, gran parte del procesamiento de las descripciones ocurre en la cabeza del lector. Nosotros escritores damos algunas pinceladas y el lector llena los espacios vacíos. Pero es obligatoriamente necesario que haya pinceladas de contexto, para que el lector pueda hacer su parte del trabajo.

Para mí el rey de la descripción es Stephen King. En su libro Mientras Escribo hay un capítulo completo donde explica cómo lo hace.


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